R. Kotler

Diario de un Historiador

 
El recuerdo siempre de Abraham Kotler


Lun

02

de

Abril

El mercado de Abasto y el ritual de cada sábado PDF Imprimir E-mail
En recuerdo de Abraham - En recuerdo de Abraham
Escrito por Rubén Kotler   
En recuerdo de Abraham (IV) 

Un artículo en el principal periódico de Tucumán me recordó a mi viejo. La nota en sí narra la historia del ya desaparecido mercado de Abasto, y a mí me retrotrajo a la infancia y a la vida cotidiana en la familia. A mi viejo, que desde siempre le gustó ocuparse de las compras hogareñas, ir al mercado los sábados en la mañana, para la compra de verduras y fruta semanal, siempre le produjo un particular placer. Solo o acompañado, cada sábado partía en el auto y se perdía, en el vasto mundo del mercado unas 4 horas. Lo que sigue entonces es el recuerdo de aquellos años en los que, por ser el hijo varón, me tocaba acompañarlo e interactuar con él, en ese mundillo donde, entre olores y ruidos, propios del mercadeo, fortalecíamos nuestro propio vínculo de padre e hijo.

Cada sábado se repetía la rutina. Tras el desayuno, preparaba las bolsas, sacaba el auto y se disponía a partir rumbo al mercado de abasto. Solo, acompañado por mi madre o por mí, era un ritual que no podía perderse. Al llegar, lo primero era cotejar los precios, entre los minoristas y luego en el gran mundillo de los mayoristas. Le gustaba elegir la mercadería y así podía pasarse el día buscando las mejores manzanas o las mejores naranjas. Los puesteros, como de costumbre, ya lo conocían, como conocían a cada comprador habitual. Aquel vende las mejores papas, aquel otro tiene los mejores choclos. Se trataba de un ritual que mezclaba el placer de comprar las vituallas para la semana con la socialización con los puesteros. Hablaba con uno, hablaba con otro y así transcurría la mañana. Cuando íbamos de a tres, acompañados por mi madre, a la mitad de la jornada nos alegrábamos con un típico asadito árabe o bien con un sanguche de milanesa acompañado por una Coca o una Pepsi. Las sangucherías dentro del mercado y en los alrededores no eran un ejemplo de limpieza, pero era lo típico del lugar y tenía ese sabor especial que uno no encontraba ni en el restaurante más dispuesto. Son los aromas del mercado, esos que se confundían entre el sudor de los changarines con el fétido olor de la fruta podrida.

Hasta bien grande, yo no entendía cuál era el placer de mi padre de aquel ritual que se repetía cada sábado. Con el paso del tiempo descubrí que comprar en el mercado tiene “ese que se yo”. Como en la prehistoria, donde los cazadores salían en la búsqueda de la presa para la comida de la semana, asistir al mercado para adquirir los productos a ser consumidos por la familia si que tienen de ritual pero además es parte de la historia misma de la humanidad. Los mercados, en cualquier lugar del mundo, son el espacio por excelencia donde la socialización y el ritual pintan a la sociedad según las tradiciones y el consumo. Cada mercado, en cada ciudad es un mundo, refleja, mejor que ningún otro sitio, el mundo de esa sociedad de la que son parte. Más limpios, más sucios, más ordenados o más caóticos, el mercado es EL MERCADO, así, con mayúsculas. En una ciudad costera predominan los aromas del mar, en una ciudad interior, los olores de la tierra invaden.

El puesto de Antonio

De todos los puestos visitados recuerdo siempre el de Antonio, en la sección de los minoristas. Antonio había sido alumno de mi viejo en la facultad de Bioquímica y le guardaba un especial recuerdo siempre. Podíamos pasarnos en aquel puesto una hora fácil entre conversaciones de la actualidad política hasta anécdotas de la propia carrera universitaria. Antonio le elegía entonces lo mejor de su mercadería y cuando algún producto no era de buena calidad, se sinceraba con mi viejo y le sugería que no comprara allí.

Aquella relación entre Antonio y el Profesor Kotler, me sirvió para tener una experiencia laboral en mi adolescencia. Con 15 años y llegado el fin de año, yo quería ganarme unos pesos extra para mis vacaciones. Mi viejo habló con Antonio para preguntarle sobre las posibilidades laborales para mí, y él accedió a que yo trabajara unas semanas en su puesto. Fueron 3 semanas y las recuerdo como si fueran hoy. Entre los gritos de los mercaderes y los clientes, el carácter se va forjando. Aprendí entonces que 7 u 8 papas formaban un kilo y descubrí lo mágico de las matemáticas, pues para mí, siempre era una sorpresa saber cómo los vendedores le atinaban con las cantidades según el pedido de los clientes: la cantidad exacta dispuesta en la balanza, y ésta, marcando el peso exacto de lo solicitado por el comprador. Aprendí las manías de las vecinas que compraban de a dos o tres zanahorias o cebollas, para el “puchero del día”, aprendí que hasta el trabajo más sucio en apariencia, dignifica la razón de ser de los hombres y que el mercado no solo es un espacio de compra y venta de productos, sino parte de un mundo y una cultura propia de la que uno, siendo trabajador, formaba parte. Allí, se establecen los lazos de solidaridad no solo entre los laburantes, sino entre los clientes y los puesteros. Los clientes habituales con sus derechos de elección ganados tenían permitido elegir la mercadería, derecho, que mi viejo, por ser habitué de los sábados matinales, tenía ganado en los puestos habituales de compra.

Una ciudad sin mercados

Tucumán se ha quedado sin mercados. El único sobreviviente es el Mercado del Norte. En mi barrio sur, recuerdo dos mercaditos ya extintos. Uno de ellos emplazado donde ahora se encuentra la municipalidad, el “mercado de los presidiarios”. Un mercado donde los mercaderes no eran otros que los presos que se ganaban la vida vendiendo productos propios, como el pan, elaborado en el presidio. El otro mercado, ahora re transformado en centro cultural, era el de la plazoleta Dorrego, en las puertas de entrada de la ciudad, un pequeño mercado de barrio, que para el auxilio de una compra durante la semana servía de perfecto reemplazo del Mercado Central de Abasto. Ahora, cuando veo a la distancia no consigo imaginar a la ciudad sin mercados, sin esos mercados. Claro, cuando camino por las calles que los albergaban lo primero que viene a mi memoria es la imagen de aquel mercado, pero además me vuelven los recuerdos de las compras, de las bolsas cargadas con los productos, del griterío de los puesteros, de los olores típicos, olores que ya no existen pues no hay supermercado que los reemplace. El marco de la socialización vecinal también se ha perdido junto con la desaparición de los mercados y esto, quizás sea la más triste de las pérdidas de una ciudad. Y Tucumán, increíblemente dejó morir a sus mercados. El del Norte hoy resiste, último reducto de una cultura que no debe desaparecer nunca porque forma parte de nuestra mismísima identidad. Con el tiempo he aprendido a valorar el acompañamiento a mi padre cuando cada sábado el ritual se repetía. Hoy, uno de mis mayores placeres, cuando visito una ciudad nueva, es conocer “SU” mercado y dejarme llevar en el tiempo y volver, por unos instantes al ritual de los sábados con mi viejo en la visita semanal al viejo Mercado de Abasto.



 

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