R. Kotler

Diario de un Historiador

 
El recuerdo siempre de Abraham Kotler


Mar

28

de

Febrero

En recuerdo de Abraham, mi viejo, mi guía PDF Imprimir E-mail
En recuerdo de Abraham - En recuerdo de Abraham
Escrito por Rubén Kotler   
Hace dos meses y días que mi viejo se fue. Prefiero pensar que no ha sido una partida para siempre y que por el contrario, lo tendremos vivo en el recuerdo de la extraordinaria persona que fue. Hombre justo, ética y humanamente, dio absolutamente todo por los suyos. Desde mi diario quiero recuperar aquellos recuerdos de parte de lo vivido con mi viejo, recuerdos que afloran en cada momento, cuando veo una foto, cuando recupero una diapositiva o termino de editar algún video familiar. En estos días vamos ocupando el espacio dejado por él con fotos suyas que nos hará tenerlo presente a cada instante. A la hora del almuerzo, mientras veo un partido de fútbol, mientras preparo un asado familiar, de esos que compartíamos con él. Serán entonces una serie de escritos desde el corazón para compartir con mis amigos pequeños fragmentos de una vida muy intensa. Como hijo llevo orgulloso su apellido y sé que su luz va a guiar mi vida en cada momento.


Fútbol (I)

Quizás porque fui el único hijo varón he compartido con mi viejo la pasión futbolera. Inevitable: Boca y Atlético Tucumán. Por añadidura mi viejo era de Peñarol. Y yo no podía escoger otros colores. Creo, según ha pasado el tiempo, que mi viejo era un poquito más de Boca que de Atlético. Si bien en los últimos años y con la mercantilización extrema del deporte, mi viejo había dejado de ver los partidos y ya no seguía de la misma manera a los clubes de sus amores. Sin embargo cuando yo le pedía que recordara como era aquel Boca de los 40 o 50, era capaz de nombrarme el equipo titular de memoria. Creo, sin miedo a equivocarme, que toda su generación, de los amantes futboleros, podían repetir cada equipo sin equívocos, pues los equipos no mutaban y los jugadores raramente se vendían de un torneo a otro al mejor postor.

Fue un verano de mi niñez en que viajamos a Miramar. Debió ser allá por mediados de los ’80. Absorto por el mar al que cada vez que íbamos me hipnotizaba, ese verano tomamos la decisión de ir a ver al club de nuestros amores. Como era tradición, Mar del Plata convocaba a las familias a ver, entre otros espectáculos, los tradicionales amistosos de verano. La posibilidad de ver a los ídolos para quienes íbamos del interior era una oportunidad única. Y mi viejo, que sin ser afecto a los estadios, había aceptado llevarme a ver nada más y nada menos que el clásico: Entonces compró las entradas y partimos a Mardel.

Noche de tormenta y nuestro pesar, ni siquiera pudimos entrar al estadio mundialista. La lluvia había provocado anegaciones en las inmediaciones de la cancha y nosotros, paraditos al resguardo del aguacero bajo el toldo de algún negocio, nos perdimos el clásico. Eran los últimos partidos de quien era para mí uno de mis ídolos máximos: Hugo Orlando Gatti. Volvimos a Miramar con una doble frustración: la mía por no haber podido asistir al Boca River que todo fan futbolero quisiera ver; y mi viejo que no pudo cumplir con su promesa de llevarme a ver a Boca.

Pero volvimos. Esta vez contratamos un paquete cuyo destino era Boca – Peñarol. Como si de un premio consuelo se tratara, íbamos a regresar a Mardel para presenciar el encuentro de nuestros clubes en el afecto. Boca jugaba con Peñarol. Gatti y Jorge Comas eran dos de los ídolos que jugaban. Boca ganó 2 a 1. Uno de los goles del Xeneixe lo hizo Comas. Si no recuerdo mal, de tiro libre. También hubo un par de malabares de Gatti, de aquellas jugadas que le gustaba hacer al loco para dar show y desacartonar al deporte. Una de esas jugadas magistrales, la recuerdo clarito: bajó el balón con el pecho en el borde del área y llegó a la mitad del campo jugando como el mejor número diez, esquivando rivales. Un clásico de Gatti. Al término del partido regresamos al colectivo con mi viejo. La salida de regreso a Miramar se vio demorada casi dos horas por desperfectos técnicos del bus. La demora sin embargo no empañó en absoluto una de esas noches mágicas donde padre e hijo vivieron con intensidad un capítulo más de una relación maravillosa. Vimos a Boca. Vimos a Boca jugando con Peñarol. Vimos a Boca ganar. Vimos a Boca en Mar del Plata. Imborrable en mi memoria haber compartido con mi viejo una noche futbolera.



 

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